23 de mayo de 2011

Jardín Botánico de Gijón

No se puede decir que esta sea una ruta propiamente dicha sino más bien un descubrimiento. Cuando vivía en Madrid contemplar plantas nunca fue algo que me robara demasiado tiempo, y no es que no me gustara, de hecho he pasado bastantes ratos fascinada por las macetas de mi madre, que como buena andaluza, tenía siempre llenas de geranios y gitanillas, pero aparte de eso ...  supongo que el asfalto termina por envolverte y no eres demasiado consciente de lo que te pierdes, aparte del hecho de inconscientemente buscar siempre la ruta alternativa para ir a cualquier sitio que pasara por el Prado o por Pintor Rosales.

Fue al llegar a Asturias cuando me dí cuenta de que podía pasar horas simplemente mirando las distintas tonalidades del bosque, la increíble variedad de brezos que crecían a dos metros de casa o los huertos propios y ajenos. Y sin embargo en casi 12 años, nunca me había dejado caer por el Botánico de Gijón. Este fin de semana me propuse remediarlo.
No resultó muy caro, incluso para bolsillos en crisis como el nuestro, con la entrada familiar y un descuento con la tarjeta Ikea-family que pensé que nunca me serviría para nada. Al entrar giramos a la izquierda y tras ver higueras, tejos, calas y helechos pensé que al menos los niños pasarían una tarde entretenida y quemarían un poco de energía. Dimos media vuelta una vez llegados a la tienda de plantas y tras volver a la taquilla cogimos un puentecito que cruzaba de frente.
¡¡Oh, qué sorpresa!! Los primeros caminitos, aunque no me aportaron mucho en cuanto a nuevas plantas, eran toda una delicia, rodeados de riachuelos y repletos de pájaros (hay rutas ornitológicas para los interesados). Con nuestra hija de 7 años en cabeza que se empeñó en hacernos de guía (bendita inocencia) empezamos a encontrarnos con frutales de todas clases en un curiosísimo diseño de los jardines, llegamos hasta la zona de los huertos, anduvimos por pasillos en espiral llenos de aromáticas, desembocamos en un lago con fuentes y varios puentecitos, paseamos por praderas llenas de árboles inmensos... ¿Quién dijo que los eucaliptos eran feos? No habéis visto eucaliptos aislados, dejados crecer a su antojo y alcanzando unas envergaduras impresionantes. 



Mi marido miraba fascinado las copas de los más altos pensando en voz alta que si unos simples tejos, abetos, robles y eucaliptos eran tan impresionantes, no se moriría sin ver una secuoya. En fin, terminamos volviendo por un paseo largo, largo, largo... flanqueado por camelias de todas clases. Tengo que volver en invierno cuando estén en flor.

Definitivamente volveremos y os animamos a los propios asturianos que no lo conocéis y a los que venís de fuera, que igual que dedicáis unas horas a la famosa cueva de Covadonga (que por supuesto merece la pena, Dios me libre de meterme con la Santina o los asturianos me cuelgan  (aquí pondría un smiley con un guiño pero no consigo descubrir como insertarlo) ) dediquéis un rato a pasear por estos jardines. Nosotros desde luego volveremos.